Mucho antes de que existieran las farmacias y los medicamentos tal y como los conocemos hoy, las personas ya recurrían a las plantas que tenían a su alrededor para cuidar su salud.
Entre ellas estaban las especias. Además de conservar y dar sabor a los alimentos, durante siglos formaron parte de infusiones, preparados y remedios tradicionales.
Egipcios, griegos, romanos, árabes, indios y chinos utilizaron plantas aromáticas y especias con fines medicinales. Algunas de aquellas prácticas han llegado hasta nuestros días y, curiosamente, varias de estas especias también han despertado el interés de la ciencia moderna.
Pero ¿qué hay de cierto en sus propiedades?
La respuesta no es sencilla: algunas especias presentan resultados científicos prometedores, pero eso no significa que puedan sustituir a un medicamento o tratamiento médico.

El uso medicinal de las especias desde la Antigüedad
Hablar de especias y medicina natural no es una moda reciente. El uso de plantas con fines terapéuticos aparece documentado desde hace miles de años.
Uno de los ejemplos más conocidos es De Materia Medica, obra escrita en el siglo I d. C. por Dioscórides, médico y farmacólogo griego. En ella se recopilaban numerosas sustancias de origen vegetal utilizadas con fines terapéuticos.
En aquella época, cocina y medicina estaban mucho más relacionadas que hoy. Una misma planta podía servir para condimentar un plato, preparar una bebida o elaborar un remedio tradicional
De los remedios tradicionales a la ciencia
Hoy sabemos que el uso tradicional de una especia durante siglos no demuestra por sí solo que tenga un determinado efecto medicinal.
La investigación científica estudia sus componentes y cómo actúan en el organismo. Primero pueden realizarse estudios de laboratorio o en animales y, posteriormente, ensayos clínicos en personas.
En muchas especias se han investigado los polifenoles y otros compuestos fenólicos, especialmente por su posible actividad antioxidante y antiinflamatoria.
Eso sí: que un compuesto funcione en un laboratorio no significa automáticamente que comer una determinada especia produzca el mismo efecto.
Por eso es importante distinguir entre uso tradicional, resultados experimentales y evidencia clínica.
Cúrcuma: una de las especias más estudiadas
Si hablamos de especias medicinales, la cúrcuma ocupa un lugar destacado.
Su compuesto más conocido es la curcumina, un polifenol estudiado por sus posibles propiedades antioxidantes y antiinflamatorias.
Uno de los campos que más interés ha generado es el dolor asociado a la artrosis de rodilla. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2021 analizó 16 ensayos clínicos con 1.810 adultos y encontró una reducción del dolor y una mejora de la función física frente al placebo.
Un metaanálisis posterior, publicado en 2025, volvió a encontrar resultados favorables relacionados con el dolor de rodilla.
Pero hay una diferencia importante: los estudios suelen utilizar preparados de cúrcuma o curcumina en cantidades que no son equivalentes a las que utilizamos normalmente para cocinar.
Por tanto, estos resultados son interesantes, pero no significa que añadir cúrcuma a un plato tenga el mismo efecto que un extracto utilizado en un ensayo clínico.


Jengibre: tradición y evidencia sobre las náuseas
El jengibre es otro buen ejemplo de cómo un remedio tradicional ha acabado siendo objeto de investigación científica.
Durante generaciones se ha utilizado para aliviar molestias digestivas y náuseas. Y, en este caso, existen estudios en personas que han analizado estos posibles efectos.
Una revisión sistemática sobre las náuseas y vómitos durante el embarazo encontró que el jengibre administrado por vía oral era más eficaz que el placebo para reducir la frecuencia de los vómitos y la intensidad de las náuseas.
También se ha estudiado su posible utilidad frente a las náuseas después de una intervención quirúrgica, con resultados favorables en algunos parámetros.
¿Significa esto que el jengibre sustituye a un tratamiento? No. Pero sí es un ejemplo interesante de cómo la investigación científica está estudiando algunos de los usos tradicionales de las especias.
Canela: mucho interés, pero todavía preguntas abiertas
La canela lleva siglos formando parte de preparados tradicionales relacionados con diferentes molestias, especialmente digestivas y respiratorias.
La investigación también ha estudiado sus posibles efectos antioxidantes, antiinflamatorios y antimicrobianos, así como su relación con determinados parámetros metabólicos.
Algunas revisiones han encontrado resultados interesantes relacionados con la glucosa, la presión arterial o el colesterol. Sin embargo, la evidencia en humanos sigue siendo limitada y se necesitan estudios de mayor calidad.
Una revisión publicada en 2024 sobre diferentes hierbas y especias de la dieta mediterránea también encontró resultados interesantes de especias como la canela, la cúrcuma, el jengibre, el comino negro y el azafrán en algunos parámetros relacionados con el control de la glucosa.
La palabra clave aquí es “potencial”. La investigación continúa y todavía no permite convertir estos resultados en recomendaciones médicas generales.
¿Y qué ocurre con el ajo, el romero, el azafrán o el tomillo?
La investigación sobre las especias no se limita a la cúrcuma, el jengibre y la canela.
También se han estudiado el ajo, el romero, el azafrán, la pimienta y el tomillo, entre otras especias, por sus diferentes compuestos bioactivos y sus posibles efectos antioxidantes, antiinflamatorios, antimicrobianos o metabólicos.
Los resultados son interesantes, pero la evidencia no es igual de sólida en todos los casos.
Y esta es una de las claves cuando hablamos de especias y medicina natural: que una planta se haya utilizado tradicionalmente no significa que todas las propiedades que se le atribuyen estén científicamente demostradas.
Entonces, ¿qué dice realmente la ciencia?
Después de todo este recorrido, podemos volver a la pregunta inicial.
Sí, existe investigación científica sobre los posibles efectos beneficiosos de determinadas especias.
Pero hay que interpretar los resultados con cautela. Muchos estudios utilizan extractos o suplementos concentrados, mientras que en la cocina empleamos cantidades mucho menores.
Por eso, expresiones como “podría contribuir”, “se ha estudiado” o “la investigación apunta a” son mucho más apropiadas que afirmar que una especia “cura” una enfermedad.
Las especias pueden formar parte de una alimentación variada y aportar sabor, aroma y personalidad a nuestros platos. Y ese ya es un motivo más que suficiente para tenerlas siempre a mano.

Especias: una historia que continúa
Quizá lo más interesante de la historia de las especias sea que mucho antes de hablar de antioxidantes, polifenoles o ensayos clínicos, diferentes culturas ya las utilizaban en sus remedios tradicionales.
Hoy la ciencia intenta descubrir cuánto había de cierto en aquellas observaciones.
Algunas especias han mostrado resultados prometedores en áreas como las náuseas, determinados procesos inflamatorios o algunos parámetros metabólicos. Otras necesitan todavía mucha más investigación.
Lo que sí tenemos claro es que las especias no necesitan convertirse en medicamentos para tener un papel importante en nuestra alimentación.
Nos permiten cocinar con más sabor, aroma y variedad y disfrutar de platos sabrosos sin depender siempre de grandes cantidades de sal, salsas o grasas.
Una última precaución: natural no siempre significa inocuo
Que un producto sea natural no significa que sea adecuado para todo el mundo.
Las cantidades utilizadas normalmente para cocinar son muy diferentes de las presentes en algunos suplementos o extractos concentrados. Además, estos preparados pueden interactuar con determinados medicamentos.
Por eso, las especias deben entenderse como parte de una alimentación variada y equilibrada, no como sustitutos de tratamientos médicos.
Si existe una enfermedad diagnosticada o se está pensando en utilizar suplementos concentrados de alguna especia, lo recomendable es consultar con un profesional sanitario.


